Astor juega con la 10. Es fanático de Brasil aunque es más argentino que el dulce de leche. Simplemente se siente identificado con el jogo bonito que solía desplegar antaño la selección verde-amarilla. Nadie sabe dónde hizo las inferiores pero todos tienen solo una certeza: es un jugador de fútbol brillante. Gambeteador y frontal. Comprometido con su equipo, solidario con sus compañeros. Longevo y mortal. Nunca nadie lo vio insultar dentro de la cancha, aunque cuentan las malas lenguas que en un picado de potrero en el año 1993 luego de chocar accidentalmente con el poste derecho del arco rival, de su boca salieron las cinco palabras más repetidas en un partido. Juega al fútbol como vive (¿se puede jugar de otra manera?). Siente el juego, vive para y por el juego. Respeta a sus rivales porque piensa que todos pueden ser como él. Hasta a veces desearía ser el otro sin tantas preocupaciones y responsabilidades por su equipo. Pero sabe que su lugar es el de la estrella.
No importa cuántas patadas o insultos reciba, cuantos raspones o puntazos, cuantas frustraciones ajenas se descarguen sobre sus hombros (o tal vez sus piernas). Él solo juega y deja que jueguen con él, de eso se trata. Pero hay algo que Astor no soporta. Dentro de la cancha encuentra su enemigo en los árbitros, esos guardianes de las reglas, paladines de la buena moral (la de ellos), del decoro y la estructura que limita la fantasía que se puede desplegar en el deporte. Las reglas desmoronan jugadas, frustran opciones impensadas, paralizan la narrativa futbolística. Astor no comprende cómo un juego poético debe ser controlado por un agente de la burocracia. Para él, el fútbol sería perfecto si no tuviera árbitros.
De los innumerables partidos que jugó a lo largo de su vida (dicen que uno por día), hubo uno que lo marcó a fuego. Era la final. Se había preparado como nunca, corriendo, practicando tiros libres y viendo los videos de los mejores goles de la historia I y II. Se jugaba al mejor de dos partidos con la modalidad de "gol de visitante vale doble" (N. del A. en caso de empate en goles). El partido de ida fue trabado, con pocas llegadas y pocas acciones bonitas. A Astor no le preocupó haber perdido 0-1 de local. Su frustración pasaba por el árbitro. Le molestaba más que tirar un corner al lateral. Todos vieron cómo el delantero del equipo rival se acomodó la pelota con la mano para marcar el gol. Siendo 22 referees, la cosa es diferente. Se puede debatir, se puede aceptar la infracción. En cambio, es difícil ir en contra de una persona que se siente el rey de la verdad y de los hechos. No la vio o no la quiso ver. El resultado fue ese y el partido de vuelta iba a estar muy complicado.
"En los momentos difíciles, los genios aparecen", esa frase retumbaba en su cabeza. Se creía genio y capaz de dar vuelta la historia. El comienzo del encuentro así parecía indicarlo. Astor envía un centro pasado al área chica y luego de varios rebotes la pelota termina dentro del arco gracias al instinto goleador de su compañero "El Chiqui". Sentían que eran campeones, pero todavía faltaban 80 minutos por disputar. En el transcurso del primer tiempo, Astor gambeteó, hizo pases, recuperó pelotas, ayudó a levantarse a sus rivales tendidos en el piso y corrió como nunca lo había hecho. Se sintió feliz y sabía que los goles ya iban a venir solos. El final del primer tiempo le dejó un sabor amargo: el árbitro (casualmente el mismo que el último partido) amonestó a El Chiqui por tirar la pelota lejos. Castigaba su falta de precisión.
Las malas sensaciones continuaron. El árbitro, conocido en el ambiente como Vierja, comenzaba a inclinar la cancha. Cobró un penal (inexistente) para el equipo rival que fue cambiado por gol: 1 a 1 y Astor se quedaba sin su Copa. Pero no iba a dejar que eso sucediera.
Eran los últimos minutos del partido. Astor pidió la pelota en el mediocampo. No se la dieron redonda pero se las ingenió para controlarla y eludir al primer rival. Luego al segundo y al tercero con un caño. El cuarto siguió de largo con una gambeta ("como bondi lleno" se escuchó desde la tribuna). Era una corrida memorable, era la jugada de todos los tiempos posmodernos. Ingresa al área haciendo un zig zag que sienta al 4 y que lo deja solo frente al arquero. Cuando estaba a punto de disparar (sabía que iba a ser gol), Astor siente un golpe terrible en su pierna derecha: es el Loco Casas, que no duda en derribarlo.
Vierja pita y se acerca a la jugada con una tarjeta en la mano. Los compañeros de Astor se abrazan y festejan el gol que ya va a venir de su goleador estrella. Los espectadores también estallan de alegría, aunque no saben por qué. Astor en el piso y dolorido ya está pensando en el lugar por donde entrará su gol. Pero todo cambia. Vierja llega a su lado y le pide que se levante, quiere jugar a ser Destino.
La amarilla es para Astor por simular. Se genera un pequeño tumulto entre los jugadores. Astor no puede creer la terrible injusticia que estaba viviendo. El único que podía aguarle la fiesta era ese enviado de Satán. Sin meditar demasiado, Astor tomó la pelota y salió corriendo de la cancha a toda velocidad. El partido se suspendió por falta de balón.
De ahí en adelante, el destino de nuestro jugador fue bastante incierto y errático. Lo único que pudimos saber es que se entrenó todos los días dónde pudo: en su casa, en la calle, en el colectivo, en el tren, siempre con su uniforme puesto y la 10 en el pecho, la espalda y el corazón. Sabía en su interior que iba a tener revancha. Y la tuvo un día de verano.
Era una tarde como las anteriores. Astor salió de eso que él llamaba casa para entrenar su cuerpo y su mente. Todavía no podía olvidar el último partido, era su obsesión, su karma, su peso. Lugar donde fuera, siempre llevaba esa mochilita y ese día no iba a ser la excepción. Cada vez que subía al colectivo 15 recibía alguna miradita de las viejas sentadas en los primeros asientos tal vez porque no podían entender que una persona vestida de futbolísta tomara el bondi a las 10:00 AM sin pagar boleto. A él no le molestaba, quizá porque no se daba cuenta. Lo cierto es que Astor se bajaba todos los días en el mismo parque aproximadamente a la misma hora y por eso conocía algunas caras que lo acompañaban en el transporte: una pareja de jóvenes con sus celulares, unos obreros que siempre llegaban tarde a trabajar, las viejas sin rumbo fijo del primer asiento.
Cuando estaba a unas cuadras de su destino, levantó la mirada y encontró una cara poco familiar para el colectivo pero bien conocida por él. Era Vierja, ese quien truncó su sueño, ese malnacido. El referee cruzó una mirada desafiante con Astor como dándole a entender que todavía era él quien mandaba. Vestía lo de siempre: una remera con bolsillo delantero, pantalones cortos, medias altas y botines. Todo de color negro cual cuervo con pretensiones de parca. Inmediatamente, Astor pensó en todo su sufrimiento, en los días eternos post-partido, en las injusticias cometidas por ese sujeto de negro. Y entonces comprendió que era su momento de redención, el tiempo de liberar el dolor.
Ya estaban por Parque Centenario. Astor tocó timbre mientras buscaba su pelota. La encontró en el lugar donde siempre estaba: atada a su pie derecho. Vierja comprendió lo que iba a venir. Un partido imposible se avecinaba con reglas nuevas. Aceptó el desafío sin decir una palabra, solo con un gesto de sus ojos. Quería chequear también sus elementos más importantes. Tenía su silbato, su espuma demarcadora y, por supuesto, sus dos tarjetas. Mientras Astor repiqueteaba en el lugar y estiraba algunos músculos (era un jugador profesional en todos lados), Vierja puso el cronómetro en cero. Los dos se arrojaron a toda velocidad al campo de juego, a la calle.
Astor sorprendió primero cuando de un toque hizo volar la pelota por encima del cordón. No era una cancha fácil. Los obstáculos se contaban de a muchos. Canteros, veredas rotas, transeúntes, carritos de supermercado, árboles y arbustos. Astor se las ingeniaba para gambetear a todo y eso llamó la atención de las personas que estaban allí que comenzaron a mirar los movimientos de este futbolista desconocido hasta ese momento. Con una bicicleta dejó atrás a un perro con correa y a su respectiva dueña. Con un caño se despachó a un hombre de traje que, una vez fuera de su alcance, le gritó "¡andá a laburar, vago!". Con un sombrero, dejó pagando a las cinco personas que hacían cola para el cajero. Desde una ventana del Hospital Naval se escuchó un ole.
Vierja seguía de cerca los pasos de Astor. Estaba atento a cualquier error que pudiera cometer. Tenía el silbato en la boca listo para marcar cualquier equivocación, pero era difícil. Astor hacía muy bien su trabajo y los espectadores apreciaban y disfrutaban ver la función gratuita que estaba ofreciendo. El clima del estadio favorecía a nuestro ídolo, pero a Vierja no le importó mucho.
Luego de hacer una pirueta imposible para pasar a una moto que circulaba por la vereda, la pelota golpeó una baldosa mal colocada y se desvió a la calle repleta de autos. El referee aprovechó la oportunidad y pitó fuera, pero esta vez las cosas eran diferentes. Las reglas eran las de Astor y un pitido sinsentido no le iba a quitar la ilusión. Buscó la pelota, gambeteó colectivos, puso en riesgo su vida (los choferes del 15 tienen fama de ser asesinos al volante). Cuando ya tuvo el control de la situación, encontró su arco: era una garita del 65. No era un tiro fácil porque había pasajeros-arqueros que tapaban bien la superficie. Astor, que no se achicaba en las difíciles, apuntó y tiró. La pelota realizó una comba increíble, pegó en el caño derecho e ingresó. Todos gritaron el gol (incluso Astor) y Vierja no tuvo más remedio que validarlo.
Astor se sintió feliz. Pensó que había ganado la final, que el fútbol había triunfado y que todo iba a tener más sentido ahora. También pensó que la vida es un juego y hay que poner nuestras propias reglas para poder disfrutarla. Y también sintió que Astor ya era un nombre del pasado. De ahora en más se iba a llamar Astro porque ya era un campeón. Un pequeño cambio lo convirtió en una estrella.
Los pibitos que estaban jugando un loco en el parque lo invitaron. Astro, aunque un poco cansado, dijo que sí.
