sábado, 31 de diciembre de 2016

El partido imposible (bis)

Astor juega con la 10. Es fanático de Brasil aunque es más argentino que el dulce de leche. Simplemente se siente identificado con el jogo bonito que solía desplegar antaño la selección verde-amarilla. Nadie sabe dónde hizo las inferiores pero todos tienen solo una certeza: es un jugador de fútbol brillante. Gambeteador y frontal. Comprometido con su equipo, solidario con sus compañeros. Longevo y mortal. Nunca nadie lo vio insultar dentro de la cancha, aunque cuentan las malas lenguas que en un picado de potrero en el año 1993 luego de chocar accidentalmente con el poste derecho del arco rival, de su boca salieron las cinco palabras más repetidas en un partido. Juega al fútbol como vive (¿se puede jugar de otra manera?). Siente el juego, vive para y por el juego. Respeta a sus rivales porque piensa que todos pueden ser como él. Hasta a veces desearía ser el otro sin tantas preocupaciones y responsabilidades por su equipo. Pero sabe que su lugar es el de la estrella.

No importa cuántas patadas o insultos reciba, cuantos raspones o puntazos, cuantas frustraciones ajenas se descarguen sobre sus hombros (o tal vez sus piernas). Él solo juega y deja que jueguen con él, de eso se trata. Pero hay algo que Astor no soporta. Dentro de la cancha encuentra su enemigo en los árbitros, esos guardianes de las reglas, paladines de la buena moral (la de ellos), del decoro y la estructura que limita la fantasía que se puede desplegar en el deporte. Las reglas desmoronan jugadas, frustran opciones impensadas, paralizan la narrativa futbolística. Astor no comprende cómo un juego poético debe ser controlado por un agente de la burocracia. Para él, el fútbol sería perfecto si no tuviera árbitros. 

De los innumerables partidos que jugó a lo largo de su vida (dicen que uno por día), hubo uno que lo marcó a fuego. Era la final. Se había preparado como nunca, corriendo, practicando tiros libres y viendo los videos de los mejores goles de la historia I y II. Se jugaba al mejor de dos partidos con la modalidad de "gol de visitante vale doble" (N. del A. en caso de empate en goles). El partido de ida fue trabado, con pocas llegadas y pocas acciones bonitas. A Astor no le preocupó haber perdido 0-1 de local. Su frustración pasaba por el árbitro. Le molestaba más que tirar un corner al lateral. Todos vieron cómo el delantero del equipo rival se acomodó la pelota con la mano para marcar el gol. Siendo 22 referees, la cosa es diferente. Se puede debatir, se puede aceptar la infracción. En cambio, es difícil ir en contra de una persona que se siente el rey de la verdad y de los hechos. No la vio o no la quiso ver. El resultado fue ese y el partido de vuelta iba a estar muy complicado.

"En los momentos difíciles, los genios aparecen", esa frase retumbaba en su cabeza. Se creía genio y capaz de dar vuelta la historia. El comienzo del encuentro así parecía indicarlo. Astor envía un centro pasado al área chica y luego de varios rebotes la pelota termina dentro del arco gracias al instinto goleador de su compañero "El Chiqui". Sentían que eran campeones, pero todavía faltaban 80 minutos por disputar. En el transcurso del primer tiempo, Astor gambeteó, hizo pases, recuperó pelotas, ayudó a levantarse a sus rivales tendidos en el piso y corrió como nunca lo había hecho. Se sintió feliz y sabía que los goles ya iban a venir solos. El final del primer tiempo le dejó un sabor amargo: el árbitro (casualmente el mismo que el último partido) amonestó a El Chiqui por tirar la pelota lejos. Castigaba su falta de precisión. 

Las malas sensaciones continuaron. El árbitro, conocido en el ambiente como Vierja, comenzaba a inclinar la cancha. Cobró un penal (inexistente) para el equipo rival que fue cambiado por gol: 1 a 1 y Astor se quedaba sin su Copa. Pero no iba a dejar que eso sucediera. 

Eran los últimos minutos del partido. Astor pidió la pelota en el mediocampo. No se la dieron redonda pero se las ingenió para controlarla y eludir al primer rival. Luego al segundo y al tercero con un caño. El cuarto siguió de largo con una gambeta ("como bondi lleno" se escuchó desde la tribuna). Era una corrida memorable, era la jugada de todos los tiempos posmodernos. Ingresa al área haciendo un zig zag que sienta al 4 y que lo deja solo frente al arquero. Cuando estaba a punto de disparar (sabía que iba a ser gol), Astor siente un golpe terrible en su pierna derecha: es el Loco Casas, que no duda en derribarlo. 

Vierja pita y se acerca a la jugada con una tarjeta en la mano. Los compañeros de Astor se abrazan y festejan el gol que ya va a venir de su goleador estrella. Los espectadores también estallan de alegría, aunque no saben por qué. Astor en el  piso y dolorido ya está pensando en el lugar por donde entrará su gol. Pero todo cambia. Vierja llega a su lado y le pide que se levante, quiere jugar a ser Destino. 

La amarilla es para Astor por simular. Se genera un pequeño tumulto entre los jugadores. Astor no puede creer la terrible injusticia que estaba viviendo. El único que podía aguarle la fiesta era ese enviado de Satán. Sin meditar demasiado, Astor tomó la pelota y salió corriendo de la cancha a toda velocidad. El partido se suspendió por falta de balón.

De ahí en adelante, el destino de nuestro jugador fue bastante incierto y errático. Lo único que pudimos saber es que se entrenó todos los días dónde pudo: en su casa, en la calle, en el colectivo, en el tren, siempre con su uniforme puesto y la 10 en el pecho, la espalda y el corazón. Sabía en su interior que iba a tener revancha. Y la tuvo un día de verano.

Era una tarde como las anteriores. Astor salió de eso que él llamaba casa para entrenar su cuerpo y su mente. Todavía no podía olvidar el último partido, era su obsesión, su karma, su peso. Lugar donde fuera, siempre llevaba esa mochilita y ese día no iba a ser la excepción. Cada vez que subía al colectivo 15 recibía alguna  miradita de las viejas sentadas en los primeros asientos tal vez porque no podían entender que una persona vestida de futbolísta tomara el bondi a las 10:00 AM sin pagar boleto. A él no le molestaba, quizá porque no se daba cuenta. Lo cierto es que Astor se bajaba todos los días en el mismo parque aproximadamente a la misma hora y por eso conocía algunas caras que lo acompañaban en el transporte: una pareja de jóvenes con sus celulares, unos obreros que siempre llegaban tarde a trabajar, las viejas sin rumbo fijo del primer asiento.

Cuando estaba a unas cuadras de su destino, levantó la mirada y encontró una cara poco familiar para el colectivo pero bien conocida por él. Era Vierja, ese quien truncó su sueño, ese malnacido. El referee cruzó una mirada desafiante con Astor como dándole a entender que todavía era él quien mandaba. Vestía lo de siempre: una remera con bolsillo delantero, pantalones cortos, medias altas y botines. Todo de color negro cual cuervo con pretensiones de parca. Inmediatamente, Astor pensó en todo su sufrimiento, en los días eternos post-partido, en las injusticias cometidas por ese sujeto de negro. Y entonces comprendió que era su momento de redención, el tiempo de liberar el dolor.

Ya estaban por Parque Centenario. Astor tocó timbre mientras buscaba su pelota. La encontró en el lugar donde siempre estaba: atada a su pie derecho. Vierja comprendió lo que iba a venir. Un partido imposible se avecinaba con reglas nuevas. Aceptó el desafío sin decir una palabra, solo con un gesto de sus ojos. Quería chequear también sus elementos más importantes. Tenía su silbato, su espuma demarcadora y, por supuesto, sus dos tarjetas. Mientras Astor repiqueteaba en el lugar y estiraba algunos músculos (era un jugador profesional en todos lados), Vierja puso el cronómetro en cero. Los dos se arrojaron a toda velocidad al campo de juego, a la calle.

Astor sorprendió primero cuando de un toque hizo volar la pelota por encima del cordón. No era una cancha fácil. Los obstáculos se contaban de a muchos. Canteros, veredas rotas, transeúntes, carritos de supermercado, árboles y arbustos. Astor se las ingeniaba para gambetear a todo y eso llamó la atención de las personas que estaban allí que comenzaron a mirar los movimientos de este futbolista desconocido hasta ese momento. Con una bicicleta dejó atrás a un perro con correa y a su respectiva dueña. Con un caño se despachó a un hombre de traje que, una vez fuera de su alcance, le gritó "¡andá a laburar, vago!". Con un sombrero, dejó pagando a las cinco personas que hacían cola para el cajero. Desde una ventana del Hospital Naval se escuchó un ole. 

Vierja seguía de cerca los pasos de Astor. Estaba atento a cualquier error que pudiera cometer. Tenía el silbato en la boca listo para marcar cualquier equivocación, pero era difícil. Astor hacía muy bien su trabajo y los espectadores apreciaban y disfrutaban ver la función gratuita que estaba ofreciendo. El clima del estadio favorecía a nuestro ídolo, pero a Vierja no le importó mucho.

Luego de hacer una pirueta imposible para pasar a una moto que circulaba por la vereda, la pelota golpeó una baldosa mal colocada y se desvió a la calle repleta de autos. El referee aprovechó la oportunidad y pitó fuera, pero esta vez las cosas eran diferentes. Las reglas eran las de Astor y un pitido sinsentido no le iba a quitar la ilusión. Buscó la pelota, gambeteó colectivos, puso en riesgo su vida (los choferes del 15  tienen fama de ser asesinos al volante). Cuando ya tuvo el control de la situación, encontró su arco: era una garita del 65. No era un tiro fácil porque había pasajeros-arqueros que tapaban bien la superficie. Astor, que no se achicaba en las difíciles, apuntó y tiró. La pelota realizó una comba increíble, pegó en el caño derecho e ingresó. Todos gritaron el gol (incluso Astor)  y Vierja no tuvo más remedio que validarlo.

Astor se sintió feliz. Pensó que había ganado la final, que el fútbol había triunfado y que todo iba a tener más sentido ahora. También pensó que la vida es un juego y hay que poner nuestras propias reglas para poder disfrutarla. Y también sintió que Astor ya era un nombre del pasado. De ahora en más se iba a llamar Astro porque ya era un campeón. Un pequeño cambio lo convirtió en una estrella.

Los pibitos que estaban jugando un loco en el parque lo invitaron. Astro, aunque un poco cansado, dijo que sí.



martes, 10 de julio de 2012

Un amor incondicional

Los amores no se eligen, eso está claro. A veces los buscamos y otras veces caen a nuestras vidas de casualidad. Obviamente, los que no buscamos son más profundos y duelen más cuando parten, porque la sorpresa como acción es una de las sensaciones más lindas de la vida. Pero también está claro que ningún amor llega a ser puro, somos seres humanos y hay que admitirlo.

¡Quién iba a pensar que llegaría de esa forma! De casualidad, de paso. Alguien la tomó de una caja de madera y de tantas la eligió, y  tal vez por su habilidad para pararse en dos patas le salvó la vida. Ahora que lo pienso, se la salvó ella sola. Podía haber optado por quedarse en su lugar, pero no, eligió que ese día iba a lanzarse a una aventura. Eligió su propia aventura.

Tampoco íbamos a creer que su llegada iba a ser también por la suerte. "Traje un perrito", fueron las palabras de mi madre. "¡JA! ¡Boluda! Es flor de hembra, no tiene pito! ¡Ja!", le contestó mi abuelo. Tal vez en el momento de la elección, mi madre pensó que otro perro podía ser parecido al que se nos había muerto  hacía unos meses. Esa fue la primera sorpresa.

Un nombre simple pensó mi abuelo, Lila. Un nombre de fanático pensé yo, Marge. Y por un período largo de tiempo tuvo la desgracia de tener doble identidad. Igual a ella no le importó mucho, llegó a nuestras vidas para otra cosa. Mirá si iba a preocuparse por semejantes nimiedades. La vida hay que disfrutarla, pensaba, y hay que desestructurarla (desordenarla) para que sea más divertida. Toda bolsa llena que encontraba, se encargaba de vaciarla o romperla, no me quedaba claro. Adquirió varias habilidades, entre ellas cazar roedores y palomas. Tal vez pensó que eran animales abominables y que no nos agradaban. Tampoco hacía todo por nosotros, ella los odiaba.

Yo no entiendo mucho de amor animal, pero de alguna forma tuvo varios enamorados que no tuvieron acceso a ella debido a su aislamiento de la calle (aunque a veces tenía salidas transitorias con autorización). Uno solo tuvo suerte en una de sus frecuentes fugas. Y de por vida, él quedó atrapado por su encanto. Todos los años volvía. Año tras año. Y cuando se daba cuenta que ella no lo quería más, se marchaba. Pero nunca se olvidaba de todo y volvía. Hasta que nos enteramos por un vecino que nunca más iba a volver por culpa de un automovilista desalmado.

Del fruto de ese amor, nacieron tres perritas. Nos quedamos con una y Marge nos demostró que también podía ser toda una madre, cuidando a sus hijos, dejando comer primero a sus crías, jugar con ellas, enseñarles respeto y cuidado. Todo eso, siendo perra.

Mi abuelo, que estuvo dos semanas internado por aquel entonces, vovlió a su casa convaleciente. Marge lo recibió con mucha alegría, entró a su pieza, lo abrazó (sí, abrazaba) y se fue corriendo al jardín. Esa misma tarde, mi abuelo se fue al cielo. Tal vez contento por haber visto a su Lila.

Así transcurrían sus días (y los nuestros sin saberlo) felices, pícaros y nobles. A veces quedaba en el jardín al sol por horas, otras veces buscaba aventuras y se metía a la pileta. Si venía alguien a  casa, no confiaba. Gruñía hasta que imponía su respeto: "Esta es mi casa, esta es mi familia, y por sobre todas las cosas, esta es mi parrilla y su contenido me pertenece", parecía decir.

Y un día, se nos fue. No se dio tiempo a sufrir y se fue. No nos dejó verla sufrir, y se fue. No nos quiso molestar, y se fue. Se fue y nos dejó mucho: lecciones, cariño y una hija. Pero por sobre todas las cosas nos enseñó que el amor que nos dio fue incondicional y puro. Y por eso nos recordó que no era humana.

Marge (2003-2012)


viernes, 30 de septiembre de 2011

De boletos y amores pasajeros



En un medio de transporte, el boleto es un medio de comunicación. La máquina tragamonedas acepta la transacción monetaria y expulsa un papelito impreso con la hora, el número de chofer, interno, la sección del viaje y algunas leyendas que nos recuerdan la importancia de los subsidios estado-nacionales, o de la imposibilidad de fumar mientras viajamos.
Los boletos, primero, comunican y, segundo, nos permiten comunicar. Los centímetros cuadrados que tienen libres en su reverso nos permiten escribir lo que sea en muy pocas líneas. De alguna u otra forma, este espacio se convierte en una alternativa (casi la única) para realizar un acercamiento a un amor de viaje. Miramos, nos enamoramos y tenemos a disposición nuestro pequeño trozo de papel para expresar en menos de 140 caracteres (chupadla, Tweeter!) todo nuestro amor. Todo mensaje llega,  funciona y nuestras intenciones se hacen explícitas. Pero existe un problema: nuestra manera de identificarnos (un teléfono, un mail, un nombre facebookeable) no entra en el espacio y la posibilidad de contestar algo se desvanece.
Podemos tener la suerte de volvernos a encontrar de casualidad, en otro viaje, a nuestra enamorada pasajera. Podemos volver a improvisar, no mucho. "Nunca vi a nadie tan linda como vos"; sin esperar nada, recibo el regalo de tu presencia"; "madre, qué fuerte que estás". Todas frases que intentan ser halagos de superficialidad y descargos de sinceridades momentáneas.
Hoy en día, de la censura no se escapa nadiess, ni siquiera estos enamorados vía-boleto: un grupo de notables insensibles intenta despojar al mundo de lo sentimental de nuestros queridos trozos de papel viajante al intentar implementar una tarjeta magnética que reemplaza al viejo y tradicional sistema. Sin el medio, no hay mensaje. Sin mensaje, no hay enamoramiento. Poco a poco, los amores de colectivo quedarán en la nada y serán monumentos en los museos del amor.
Algunos dicen que cargar la tarjeta magnética le genera tendinítis a los empleados y esa puede ser la causa del próximo paro de subte. Tal vez, podemos pensar en otra teoría, en la huelga de amores. Los metrodelegados tienen almas sensibles y necesitan del boleto para declarar su amor en los colectivos. Gracias, pero es una batalla perdida, el amor en el bondi va a dejar de existir.

miércoles, 27 de julio de 2011

La ciudad de los niños


¡Qué bueno! Salgo de mi trabajo temprano, me tomo el tren a horario, llego a la estación que me corresponde bajar y me tomo el colectivo. Increíble, creo que voy a hacer tiempo récord de llegada a mi casa. Ay, unos 15 minutos de sobra para no hacer nada, qué lindura. Los podría aprovechar para limpiar mi cuarto, ¿verdá? Nah, mejor no hago nada. Che, cuánta gente que hay en el bondie. Es decir, cuántos niños, ¿qué pasa? Generalmente a esta hora el bondie está vacío y ahora tengo que ir parado. Ah, cierto, vacaciones de invierno...

Pues sí, llega el receso de estudio y la calle se llena de mini-personas. El espacio público se siente invadido por pequeñas creaturas e´ Dió hambrientas de espectáculos infantiles, pochoclos, chocolatines y cuanto producto callejero saquen los vendedores ambulantes. Es inevitable sentir en el aire un olor a pegajosidad provocado por la cantidad de azúcar que se consume en dos semanas seguidas (los más afortunados y adinerados tienen tres). El nefasto monopolio de la garrapiñada acopia unos cuantos millones de dólares y nadie hace nada al respecto. ¿Para cuando la Ley de Garrapiñada, Sra. Presidenta/e?

Y claro, cines, chópings y, lo más preocupante de todo para nosotros, medios de transporte (MDT) se colman de pibes. Pero aquí el problema principal: los acompañantes de estos especímenes. Tías, abuelas, madres, madrinas, ¿qué más? hermanas mayores, auspician de escort de los más pequeños. No importa qué hora del día sea, siempre hay algún mayor (generalmente femenino) para acompañar a las criaturas al zoo, a la plaza, a la heladería, al pelotero. Por cada adulta hay por lo menos 3 infantes y el mismo espacio para viajar en los bondies, trenes, subtes y metrobuses que siempre. Tanta presencia de mayores al pedo le hace creer a uno que el índice de desocupación que nos brinda el INDEC es mucho más alto que el que creíamos. O por lo menos que las variables alpedismo o la de amadecasísmo no está contemplada. ¿Y? ¿Qué onda, Sra. Presidenta/e?

Por otro lado, sabemos que los chicos no poseen un comportamiento adecuado en los MDT, su lógica no se adecua del todo bien. No saben cómo colocarse, hablan a los alaridos cosas que a nadie le importa, se ponen delante del paso de los señorespasajeros. Y de esta manera, no hacen más que molestar al pobre muchacho que se levanta temprano, no para darle de comer a las jirafas, sino para darse de comer laburando. ¿Qué importa si tenemos que hacer 3 horas de fila para sacar una entrada al zoológico y 2 horas para entrar, con tal que mis sobrinitos se diviertan? No hay nada más lindo que hacer a un pibe feliz. Aprenda, Sra. Presidenta/e.

Nosotros, los de a pié, ¿qué podemos hacer ante período tan nefasto? Por lo pronto, podemos proponer un manual de desenvolvimiento urbano para que sea de lectura obligatoria en todas las escuelas de la Capital. Dicho material traerá diferentes tips para ser un buen niño-pasajero durante las vacaciones sin alterar el (des)orden diario de los verdaderos viajantes. Pensándolo bien, mejor que ese manual lo lean todos menos los pendejos,  los responsables de esta hecatombe somos los adultos. Nos merecemos los infantes que tenemos.

¿A ver qué dice el capítulo primero?



lunes, 25 de julio de 2011

Una muchacha que llora, un muchacho que interpreta

You can cry me a river...
Ella se sienta en el asiento cercano a la puerta trasera. Llora, las lagrimas le recorren la cara y les llegan a la boca. Las bebe. No puede parar, piensa en ese amor que no pudo ser, en lo injusta que es la vida. Y sigue llorando, no entiende cómo puede amar tanto a una persona y que a ese otro ni le importe. ¿Es tan injusta la vida? Piensa que no va a encontrar el verdadero amor y que nunca va a amar a alguien tanto como a él. El colectivo 117 la lleva, pasa por el parque que frecuentaban y los recuerdos le atraviesan todo su cerebro. Visualiza ese banco donde se besaban, aquel subibaja con el cual jugaron a ser chicos de nuevo, recuerda cuando le decía "mirá, vos pesás más".

Las lágrimas no cesan, ella cierra los ojos para no ver más esas imágenes que no estaban, trata de olvidar todo. Se tapa su cara, es inútil, recuerda cuando él le secaba las lágrimas y le decía que todo iba a estar bien, que nada pasaría, que siempre iban a estar juntos, que la amaba, que era única. El miedo la invade, ese miedo tan húmedo como sus lágrimas. No tiene vergüenza por estar llorando en medio de ese transporte público, no se da cuenta, no le importa, sólo siente el llanto.

Se seca la cara como puede con sus manos y sacude su cabeza como diciendo "bueno, es hora de bajarse". Prepara su bolso y un pasajero se acomoda para lanzarse sobre su asiento (está sediento de asiento). Cabizbaja, mira el piso para no tropezarse y cuando levanta la vista se encuentra con mis ojos y me dice, con sus pupilas, "perdón, siento, no puedo evitarlo". Y yo le contesto por el mismo canal: "te entiendo, yo estuve ahí". Toca timbre, el colectivero interpreta la señal y la ejecuta.

No puedo con mi curiosidad y la sigo con la mirada, yo todavía desde el colectivo. No puedo dejar de sorprenderme: ella sale corriendo, llega a una casa funeraria y se abraza con una señora grande. Pienso: pobre muchacha, encima que tiene mal de amores se le mueren familiares. Pobre.

viernes, 15 de julio de 2011

El olvido o la perpetuación de una Mujer Real

En el momento en que uno se da cuenta
de que el olvido es la solución,
este se vuelve el problema más grande
 del universo humano
(Anónimo con nombre)

Ciertas circunstancias hacen pensar a un hombre sensible. No sólo aquellas que suceden en el ámbito de los hechos, sino las que tienen que ver con lo no tangible. La aparición repentina de una señorita, suele ubicarse en el lugar de lo empírico, pero a veces no es tan así. Ella viene, aparece, se muestra, seduce. Habla, y al hacerlo, hipnotiza, como cualquier flautista a una manada de ratas o como cualquier líder a una masa acéfala. 

El hombre sensible cree saber de su existencia real, puesto que su aparato sensitivo recibe estímulos tales que le otorga realidad a una imagen ficticia. Al principio, la imagen pseudoreal, hace el encuentro poco maravilloso, es decir, mientras ella sea real, no hay un encantamiento ni una atracción. El deseo se aletarga. Sin embargo, el paso del tiempo hace que aparezcan aspectos nuevos que antes no existían. lo temporal, claro, se liga con una línea de comprensión del otro y de un nuevo conocimiento de características que funcionan como polos positivos en cargas negativas.

Este es el momento preciso donde se produce el paso de lo real a lo ficticio (es decir, lo irreal, lo pasional, lo ilusorio). Ya no hay vuelta atrás: lo inexistente es lo más parecido, pero paradoja, lo más preciado no es alcanzable. Estamos en lo ficcional. 

Muy pocos logran llegar a lo inalcanzable, pero en ese mismo movimiento, en ese preciso instante del alcance de lo imposible, lo real entra en juego Y es ese "real" lo que desencanta al mundo. Mi objetivo ha sido alcanzado y es necesario pasar a uno nuevo. Si este movimiento se estanca, lo lindante a la muerte surge y nos raspa las espaldas. Es el cambio o la parca.

Algunos prefieren ser muertos en vida antes de mudar de ideas u objetivos y vivir de recuerdos de algunos destellos de felicidad. Entonces, una vez que ella pasa a lo ficticio hay dos caminos por tomar: alcanzarla y volverla real (y desencantarla en la mudanza) u olvidarla y recordar su plenitud, belleza e irracionalidad plena, para idealizar una felicidad esporádica a su lado. Prefiero olvidar.

Agosto de 2009

domingo, 3 de julio de 2011

Fusión

Alma, cuerpo. Cuerpo, alma. Creo que ya se conocen. Hace rato que andaban lejos, cada uno por su cuenta en mundos paralelos. Hoy se vuelven a juntar. Ya se extrañaban, se sentían raros. Las cosas siguen igual, están más viejos, eso sí. El tiempo deja marcas.

"Nos reconciliamos", dicen. "Ya podemos ser uno", admiten. Y ahí van, tan aferrados los dos, alma y cuerpo, que no se van a soltar por un rato. Sufrieron en paralelo, hoy disfrutan juntos. El gélido frío no influye, el rozamiento de ambos les da calor y cobijo, que es lo único que necesitan. Se toman de la mano y no se sueltan. ¡No se suelten!