miércoles, 27 de julio de 2011

La ciudad de los niños


¡Qué bueno! Salgo de mi trabajo temprano, me tomo el tren a horario, llego a la estación que me corresponde bajar y me tomo el colectivo. Increíble, creo que voy a hacer tiempo récord de llegada a mi casa. Ay, unos 15 minutos de sobra para no hacer nada, qué lindura. Los podría aprovechar para limpiar mi cuarto, ¿verdá? Nah, mejor no hago nada. Che, cuánta gente que hay en el bondie. Es decir, cuántos niños, ¿qué pasa? Generalmente a esta hora el bondie está vacío y ahora tengo que ir parado. Ah, cierto, vacaciones de invierno...

Pues sí, llega el receso de estudio y la calle se llena de mini-personas. El espacio público se siente invadido por pequeñas creaturas e´ Dió hambrientas de espectáculos infantiles, pochoclos, chocolatines y cuanto producto callejero saquen los vendedores ambulantes. Es inevitable sentir en el aire un olor a pegajosidad provocado por la cantidad de azúcar que se consume en dos semanas seguidas (los más afortunados y adinerados tienen tres). El nefasto monopolio de la garrapiñada acopia unos cuantos millones de dólares y nadie hace nada al respecto. ¿Para cuando la Ley de Garrapiñada, Sra. Presidenta/e?

Y claro, cines, chópings y, lo más preocupante de todo para nosotros, medios de transporte (MDT) se colman de pibes. Pero aquí el problema principal: los acompañantes de estos especímenes. Tías, abuelas, madres, madrinas, ¿qué más? hermanas mayores, auspician de escort de los más pequeños. No importa qué hora del día sea, siempre hay algún mayor (generalmente femenino) para acompañar a las criaturas al zoo, a la plaza, a la heladería, al pelotero. Por cada adulta hay por lo menos 3 infantes y el mismo espacio para viajar en los bondies, trenes, subtes y metrobuses que siempre. Tanta presencia de mayores al pedo le hace creer a uno que el índice de desocupación que nos brinda el INDEC es mucho más alto que el que creíamos. O por lo menos que las variables alpedismo o la de amadecasísmo no está contemplada. ¿Y? ¿Qué onda, Sra. Presidenta/e?

Por otro lado, sabemos que los chicos no poseen un comportamiento adecuado en los MDT, su lógica no se adecua del todo bien. No saben cómo colocarse, hablan a los alaridos cosas que a nadie le importa, se ponen delante del paso de los señorespasajeros. Y de esta manera, no hacen más que molestar al pobre muchacho que se levanta temprano, no para darle de comer a las jirafas, sino para darse de comer laburando. ¿Qué importa si tenemos que hacer 3 horas de fila para sacar una entrada al zoológico y 2 horas para entrar, con tal que mis sobrinitos se diviertan? No hay nada más lindo que hacer a un pibe feliz. Aprenda, Sra. Presidenta/e.

Nosotros, los de a pié, ¿qué podemos hacer ante período tan nefasto? Por lo pronto, podemos proponer un manual de desenvolvimiento urbano para que sea de lectura obligatoria en todas las escuelas de la Capital. Dicho material traerá diferentes tips para ser un buen niño-pasajero durante las vacaciones sin alterar el (des)orden diario de los verdaderos viajantes. Pensándolo bien, mejor que ese manual lo lean todos menos los pendejos,  los responsables de esta hecatombe somos los adultos. Nos merecemos los infantes que tenemos.

¿A ver qué dice el capítulo primero?



lunes, 25 de julio de 2011

Una muchacha que llora, un muchacho que interpreta

You can cry me a river...
Ella se sienta en el asiento cercano a la puerta trasera. Llora, las lagrimas le recorren la cara y les llegan a la boca. Las bebe. No puede parar, piensa en ese amor que no pudo ser, en lo injusta que es la vida. Y sigue llorando, no entiende cómo puede amar tanto a una persona y que a ese otro ni le importe. ¿Es tan injusta la vida? Piensa que no va a encontrar el verdadero amor y que nunca va a amar a alguien tanto como a él. El colectivo 117 la lleva, pasa por el parque que frecuentaban y los recuerdos le atraviesan todo su cerebro. Visualiza ese banco donde se besaban, aquel subibaja con el cual jugaron a ser chicos de nuevo, recuerda cuando le decía "mirá, vos pesás más".

Las lágrimas no cesan, ella cierra los ojos para no ver más esas imágenes que no estaban, trata de olvidar todo. Se tapa su cara, es inútil, recuerda cuando él le secaba las lágrimas y le decía que todo iba a estar bien, que nada pasaría, que siempre iban a estar juntos, que la amaba, que era única. El miedo la invade, ese miedo tan húmedo como sus lágrimas. No tiene vergüenza por estar llorando en medio de ese transporte público, no se da cuenta, no le importa, sólo siente el llanto.

Se seca la cara como puede con sus manos y sacude su cabeza como diciendo "bueno, es hora de bajarse". Prepara su bolso y un pasajero se acomoda para lanzarse sobre su asiento (está sediento de asiento). Cabizbaja, mira el piso para no tropezarse y cuando levanta la vista se encuentra con mis ojos y me dice, con sus pupilas, "perdón, siento, no puedo evitarlo". Y yo le contesto por el mismo canal: "te entiendo, yo estuve ahí". Toca timbre, el colectivero interpreta la señal y la ejecuta.

No puedo con mi curiosidad y la sigo con la mirada, yo todavía desde el colectivo. No puedo dejar de sorprenderme: ella sale corriendo, llega a una casa funeraria y se abraza con una señora grande. Pienso: pobre muchacha, encima que tiene mal de amores se le mueren familiares. Pobre.

viernes, 15 de julio de 2011

El olvido o la perpetuación de una Mujer Real

En el momento en que uno se da cuenta
de que el olvido es la solución,
este se vuelve el problema más grande
 del universo humano
(Anónimo con nombre)

Ciertas circunstancias hacen pensar a un hombre sensible. No sólo aquellas que suceden en el ámbito de los hechos, sino las que tienen que ver con lo no tangible. La aparición repentina de una señorita, suele ubicarse en el lugar de lo empírico, pero a veces no es tan así. Ella viene, aparece, se muestra, seduce. Habla, y al hacerlo, hipnotiza, como cualquier flautista a una manada de ratas o como cualquier líder a una masa acéfala. 

El hombre sensible cree saber de su existencia real, puesto que su aparato sensitivo recibe estímulos tales que le otorga realidad a una imagen ficticia. Al principio, la imagen pseudoreal, hace el encuentro poco maravilloso, es decir, mientras ella sea real, no hay un encantamiento ni una atracción. El deseo se aletarga. Sin embargo, el paso del tiempo hace que aparezcan aspectos nuevos que antes no existían. lo temporal, claro, se liga con una línea de comprensión del otro y de un nuevo conocimiento de características que funcionan como polos positivos en cargas negativas.

Este es el momento preciso donde se produce el paso de lo real a lo ficticio (es decir, lo irreal, lo pasional, lo ilusorio). Ya no hay vuelta atrás: lo inexistente es lo más parecido, pero paradoja, lo más preciado no es alcanzable. Estamos en lo ficcional. 

Muy pocos logran llegar a lo inalcanzable, pero en ese mismo movimiento, en ese preciso instante del alcance de lo imposible, lo real entra en juego Y es ese "real" lo que desencanta al mundo. Mi objetivo ha sido alcanzado y es necesario pasar a uno nuevo. Si este movimiento se estanca, lo lindante a la muerte surge y nos raspa las espaldas. Es el cambio o la parca.

Algunos prefieren ser muertos en vida antes de mudar de ideas u objetivos y vivir de recuerdos de algunos destellos de felicidad. Entonces, una vez que ella pasa a lo ficticio hay dos caminos por tomar: alcanzarla y volverla real (y desencantarla en la mudanza) u olvidarla y recordar su plenitud, belleza e irracionalidad plena, para idealizar una felicidad esporádica a su lado. Prefiero olvidar.

Agosto de 2009

domingo, 3 de julio de 2011

Fusión

Alma, cuerpo. Cuerpo, alma. Creo que ya se conocen. Hace rato que andaban lejos, cada uno por su cuenta en mundos paralelos. Hoy se vuelven a juntar. Ya se extrañaban, se sentían raros. Las cosas siguen igual, están más viejos, eso sí. El tiempo deja marcas.

"Nos reconciliamos", dicen. "Ya podemos ser uno", admiten. Y ahí van, tan aferrados los dos, alma y cuerpo, que no se van a soltar por un rato. Sufrieron en paralelo, hoy disfrutan juntos. El gélido frío no influye, el rozamiento de ambos les da calor y cobijo, que es lo único que necesitan. Se toman de la mano y no se sueltan. ¡No se suelten!