| La audacia de vivir sin ataduras |
Qué lindo que es volar... ay.
Sentirse libre, como un pájaro, como una hoja en el río, como un preso fuera de Caseros, como un gas en el aire, como una bolsa de supermercado una tarde de otoño a pleno viento, como una sombrilla en Necochea. Ay, ay, ay... Y no hay nada más bonito que sobrevolar la ciudad "caos de tránsito" Buenos Aires en medio de la hora pico. Desde arriba, ay, podés ver el Colón, el Obelisco, la Plaza de Mayo bien chiquita, la Catedral. ¿Ese no es Bergoglio? Qué chiquitito que se ve desde acá. Pensé que era más gordo.
También podés aprovechar a escupirle el sombrero a un transeúnte desprevenido y que se piense que ese líquido que le acaba de caer, es simplemente condensación de aire acondicionado.
En fin, qué bueno tomar por iniciativa propia un parapente, un motor fuera de borda, un traje, y despegar desde la 9 de Julio hacia Puerto Madero, Madero Puerto. Así como si nada. Puro empuje por lograr la libertad. Lo bueno es que estas acciones llevan a otros, menos corajudos, a seguir el ejemplo. Es la chispa que enciende la llama del vuelo urbano.
Ya me estoy haciendo mi parapente. Compré 4 toneladas de papel barrilete, dos cuerdas y un ventilador de techo. Eso sí, un traje ni en pedo, no me sé hacer el nudo de la corbata. Igual, ya que estamos, voy a aprovechar para hacerme unos mangos y mi cruzada por la libertad va a ser auspiciada por Coca o Jorgito. Ya veremos, todo por ser libre.






