Bajar, subir. Entrar, salir. Movimientos antagónicos que por definición son opuestos. El que sube, no baja. El que sale, no entra. Fuerzas que chocan de vez en cuando y tienen el efecto de la inercia, siempre que se aplique la misma fuerza. En las puertas del subte, suele presentarse este tipo de choques astronómicos. Hombre que baja versus vieja que entra. Chica que quiere salir, pibe que no puede entrar. Resultado: nadie se mueve, todos estamos estáticos y la formación no avanza. La física todavía no permite que dos cuerpos ocupen un mismo lugar (por los menos, aquellos que no se conocen).
Generalmente, los que están adentro logran, de alguna manera, zafarse de aquellos que no los dejan salir. Algunas almas generosas del exterior se corren y el tramite se agiliza. Otros gritos ayudan: "¡Dejen bajar, carajo!"; "¿No ven que hay creeeaturas?"; "Flaco, por qué no te corrés. ¿No te das cuenta que queremos bajar?"; frases que funciona bien como intimidación.
Las personas que viajamos somos pensamientos, recuerdos, lugares. Algunos salen con facilidad, otros entran como si nada. Están aquellos que no pueden salir, que tardan, porque hay otros muchos en puerta que tampoco pueden entrar. Otros no quieren bajar, se quedan, viajan ida y vuelta, vuelta e ida... una y otra vez. Ocupan lugar y no dejan que otros pensamientos entren. Se niegan.
Sin embargo, de tanta vuelta uno se cansa y aprovecha que no es hora pico de pensamientos para bajarse y permitir que el vagón se renueve. Esperemos que no entre cualquier energúmeno.

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