¡Quién iba a pensar que llegaría de esa forma! De casualidad, de paso. Alguien la tomó de una caja de madera y de tantas la eligió, y tal vez por su habilidad para pararse en dos patas le salvó la vida. Ahora que lo pienso, se la salvó ella sola. Podía haber optado por quedarse en su lugar, pero no, eligió que ese día iba a lanzarse a una aventura. Eligió su propia aventura.
Tampoco íbamos a creer que su llegada iba a ser también por la suerte. "Traje un perrito", fueron las palabras de mi madre. "¡JA! ¡Boluda! Es flor de hembra, no tiene pito! ¡Ja!", le contestó mi abuelo. Tal vez en el momento de la elección, mi madre pensó que otro perro podía ser parecido al que se nos había muerto hacía unos meses. Esa fue la primera sorpresa.
Un nombre simple pensó mi abuelo, Lila. Un nombre de fanático pensé yo, Marge. Y por un período largo de tiempo tuvo la desgracia de tener doble identidad. Igual a ella no le importó mucho, llegó a nuestras vidas para otra cosa. Mirá si iba a preocuparse por semejantes nimiedades. La vida hay que disfrutarla, pensaba, y hay que desestructurarla (desordenarla) para que sea más divertida. Toda bolsa llena que encontraba, se encargaba de vaciarla o romperla, no me quedaba claro. Adquirió varias habilidades, entre ellas cazar roedores y palomas. Tal vez pensó que eran animales abominables y que no nos agradaban. Tampoco hacía todo por nosotros, ella los odiaba.
Yo no entiendo mucho de amor animal, pero de alguna forma tuvo varios enamorados que no tuvieron acceso a ella debido a su aislamiento de la calle (aunque a veces tenía salidas transitorias con autorización). Uno solo tuvo suerte en una de sus frecuentes fugas. Y de por vida, él quedó atrapado por su encanto. Todos los años volvía. Año tras año. Y cuando se daba cuenta que ella no lo quería más, se marchaba. Pero nunca se olvidaba de todo y volvía. Hasta que nos enteramos por un vecino que nunca más iba a volver por culpa de un automovilista desalmado.
Del fruto de ese amor, nacieron tres perritas. Nos quedamos con una y Marge nos demostró que también podía ser toda una madre, cuidando a sus hijos, dejando comer primero a sus crías, jugar con ellas, enseñarles respeto y cuidado. Todo eso, siendo perra.
Mi abuelo, que estuvo dos semanas internado por aquel entonces, vovlió a su casa convaleciente. Marge lo recibió con mucha alegría, entró a su pieza, lo abrazó (sí, abrazaba) y se fue corriendo al jardín. Esa misma tarde, mi abuelo se fue al cielo. Tal vez contento por haber visto a su Lila.
Así transcurrían sus días (y los nuestros sin saberlo) felices, pícaros y nobles. A veces quedaba en el jardín al sol por horas, otras veces buscaba aventuras y se metía a la pileta. Si venía alguien a casa, no confiaba. Gruñía hasta que imponía su respeto: "Esta es mi casa, esta es mi familia, y por sobre todas las cosas, esta es mi parrilla y su contenido me pertenece", parecía decir.
Y un día, se nos fue. No se dio tiempo a sufrir y se fue. No nos dejó verla sufrir, y se fue. No nos quiso molestar, y se fue. Se fue y nos dejó mucho: lecciones, cariño y una hija. Pero por sobre todas las cosas nos enseñó que el amor que nos dio fue incondicional y puro. Y por eso nos recordó que no era humana.

...la unicidad de sus abrazos, la dulzura de su mirada, la picardía en sus juegos, la rapidez en las escapadas matutinas, la alegría de su andar bajo el sol, la facilidad con la que lograba sus premios por la ventana de la cocina, el deseo de demora en contestar a la puerta para verla asomar por la reja, y las bienvenidas cariñosas todas y cada una de las veces. El anhelo de eternidad.
ResponderEliminarFavorita por siempre, te quiero y te voy a extrañar mucho.
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