Él se sube a los medios de transporte a tocar música. No sabemos su nombre pero no nos importa: nos hace vibrar con cada nota. Lo escuchamos, nos silenciamos, codeamos al de al lado para que deje de leer su libro de paso y para que preste atención a tan lindos acordes. Obviamente, la música de su guitarra es acompañada por su voz. No sé, no es linda, pero transmite emoción y algo más. Cada función es un éxito, todos ponemos monedas y ¡billetes! en su gorra multicolor.
Un día, no lo vi más. Dejé de deleitarme aquellas tardes sin libros, sin emepetrés, sin muchachas lindas, es decir, aquellas tardes sin entretenimientos más allá del paisaje de la ventanilla del subte. Seguro que consiguió un trabajo estable, pero ¿más estable que esto? Nos hacía feliz, ¡qué más quería! ¡Egoísta! Pará, ¿y si se murió? Qué macana, cómo es la vida. Uno vive para morirse. No somos nadies. Bueno, igual tengo pensado comprarme un emepetrés y reemplazar su música con mí música bajada de internet.
Pasaron unos meses y el músico apareció, sentado al lado de mi asiento. Estaba muy mal, no llevaba su guitarra ni su gorro y estaba vestido de muchacho-que-va-a-trabajar-al-centro. Le pregunté por su música. Me dijo que ya no podía tocar, que había pasado algo con su voz después de que su amada lo dejara. De un día para el otro no podía cantar más. Y esa emoción, ese "algo más" ya no estaba. Se dio cuenta cuando en el arqueo de caja (su sombrero) sólo encontraba pocas moneditas que alguna jubilada le entregaba. Le pedí que me cantara algo. Y le creí. La voz era nada, no tenía a quién llegarle, no tenía a quién cantarle. No la tenía. Nos despedimos, le dije que se mejore y que ya iba a volver (ella, S, ella Z). No me escuchó.
Me bajo del subte y súbitamente comienza a dolerme la garganta. Y sí, se vienen días de frío, lluvia y viento. ¡Cómo joden estos cambios de estaciones!
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