sábado, 9 de abril de 2011

El tiempo se mide en personas

Llega como siempre a las 7:30. Entonces, subo y el tiempo corre. Pasa por el kiosco de la esquina y el señor con el bolso de trabajador lo para. El tiempo corre de nuevo. Sube la chica, aquella que se produce para salir de su casa, esa que deja una estela de perfume detrás, la que en su cartera lleva un mundo pero -como no le alcanza- acarrea dos bolsas de negocio de ropa llenas. Nadie mira el reloj, pero seguro que marca las 7:45, justo cuando sube la parejita que viaja junta, pegadita, al trabajo. Yo me bajo y siento que son las ocho de la mañana.

Siete y media. otra vez me subo y el cronómetro corre. Veo al señor con su bolso, no veo a la muchacha. ¿Qué le habrá pasado? La parejita saca dos de uno diez. Me bajo pero algo anda mal: no son las ocho, es más temprano. El sol, inamovible, nos regalaba una sonrisa a media asta. Fue entonces cuando comprendimos que ese día iba a ser todo mañana.

Hicimos nuestras actividades a la mañana, llegamos a casa a la mañana, jugamos a la pelota a la mañana y nos fuimos a dormir a la mañana. Y sí, costó dormir porque había mucha claridad y la verdad es que yo no tengo cortinas.

Me desperté y no sabía qué hora era, pero me subí al colectivo. Esta vez, los vi a todos: al trabajador, a la muchacha, a la parejita. Toqué el timbre a las ocho.

Hoy voy a faltar. Quiero saber si soy parte del reloj o tan solo un simple espectador. Además, no hay nada mejor que quedarse en la cama toda la mañana...


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